El otoño llega con su manto de hojas doradas, y en cada una veo reflejada la impermanencia de todas las cosas. No hay melancolía en esta observación, sino una profunda aceptación de los ciclos naturales.
Camino por senderos alfombrados de memorias caídas, y cada paso resuena con la sabiduría silenciosa de los árboles que se desnudan sin resistencia. Hay belleza en el desprendimiento, hay gracia en la transformación.
En este momento de contemplación, encuentro que las estaciones del año no son tan diferentes de las estaciones del alma. Todas necesarias, todas perfectas en su momento.