• Paciencia aprendida

    Paciencia aprendida

    Convivir no siempre es acercarse.
    A veces es aprender a esperar.

    Nagi llegó con cautela. Observó el espacio, probó distancias, eligió alturas. Nada fue inmediato, nada forzado.

    La confianza no apareció como gesto evidente,

    sino como pequeños movimientos:

    una mirada sostenida,

    un maullido breve,

    un acercamiento que se detiene antes del contacto.

    Respetar ese ritmo se volvió esencial.

    No intervenir.

    No acelerar.

    No interpretar de más.

    La convivencia empezó a enseñarse sola:

    la paciencia no como virtud,

    sino como forma natural de cuidado.

    Cuando no se invade, algo se abre.

    Cuando no se empuja, algo se aproxima.

    Todo llega cuando toca.

  • Muerte, compañera. Continuidad siendo vida

    «Muerte, compañera. Continuidad siendo vida»

    A quienes marcharon un poco antes:
    a mi hermana, a mi padre y a mi madre.

    Gracias por cuanto la vida me enseñó a través de vosotros.

    A menudo observo la idea de la muerte.
    Observo viéndome reflejado, inmóvil, atendiendo. Inerte y, a la vez, vivo de alguna manera.


    Percibir cómo el cuerpo deja de ser útil y, a pesar de ello, sentirme más vivo que nunca.
    Cuando expreso esto, me refiero a sentir una energía irradiante, infinita, amorosa y compasiva, que siempre estuvo ahí y que simplemente Es,
    intensamente presente cuando se deja ir, cuando se suelta el cuerpo y se acepta.


    Hay ocasiones en las que saco este tema en conversación con personas con las que siento que puedo entrar ahí.
    Es curioso observar de inmediato los cambios sutiles en sus rostros: microexpresiones que me resultan fáciles de detectar y que, tal vez, hablan de sus miedos.


    Comprendo que no toda persona esté preparada para hablar de la muerte. Suele aparecer un velo: el disimulo, el cambio de tema o una justificación apresurada. Y me pregunto:
    ¿qué tanto miedo puede provocar algo que es natural y que convive paralelamente con la vida?


    Observando esta idea, cuando uno entra en el sueño para el descanso corpóreo, de algún modo muere. No literalmente —el pulso sigue—, pero si uno cayera en un sueño del que jamás despertase, sin dolor alguno… ¿qué habría entonces que temer?


    El miedo está muy presente en el ser humano. Tal vez lo que realmente se tema sea perder la identidad del personaje que cada cual ha construido.


    Yo no lo sé. En realidad, no sé absolutamente nada.

    Cuanto más avanzo redescubriéndome en mi propio proceso de aprendizaje a través de las lecciones de la vida, más reconozco que no sé nada. Y eso me fascina, porque abre la posibilidad de ver desde un nuevo prisma, sin personaje, con panoramas limpios de juicio.


    Muchas veces me sorprendo atendiéndome, atónito, observando un paisaje, un atardecer, a un individuo en sus quehaceres, a un animal, a un insecto… u observándome observar aquello que observo.


    Cuando atiendo de este modo, siendo presencia, todo lo que creía saber pierde importancia. Surge comprensión, conocimiento, y aparece una compasión profunda al reconocer cuánta ignorancia hay en mí que aún puede ser soltada.


    Es en estos estados de presencia donde, al observar lo que denominamos muerte, no la veo como un final, sino como una continuidad. Una vía paralela a lo efímero del cuerpo, emergiendo de él aquello que uno es y siempre fue: presencia.


    Cuando tengo conocimiento del fallecimiento de un ser cercano —o no—, una parte de mí, hecha de vivencias y experiencias compartidas, muere junto con él. Y, a la vez, siento una grata sensación: todos dejaremos este cuerpo material prestado para regresar a donde pertenecemos.
    Simplemente, ese ser querido regresó un poco antes al hogar.


    ¿Qué somos nosotros, como seres humanos, frente a la inmensidad del cosmos?
    Nuestro paso vital por este hermoso planeta llamado Tierra es breve, efímero, un suspiro. Y aun así, tenemos —si así lo decidimos— la posibilidad de invertir este breve tiempo en aprender a amarnos, aceptarnos tal como somos, prestarnos atención y autoobservación a través de los espejos que la vida nos presenta.


    En esa humanidad compartida, uno puede reconocerse reflejándose en ella. 🤍


    Cada amanecer realizo un pequeño ritual para no olvidar en mí dónde todo inició, un 22/02/2016:

    Al despertar, agradezco el nuevo día de vida y las infinitas posibilidades de aprendizaje que trae consigo.

    Por experiencia propia he constatado que estar vivo es un milagro y una bendición. En un solo instante todo puede cambiar, sin vuelta atrás. Solo queda responsabilizarse de lo acontecido y proseguir del mejor modo que uno sepa y pueda.

  • Acompaño desde lo que soy

    Acompaño desde lo que soy


    no es entrar en su historia ni sostener lo que no me pertenece.

    Acompañar es algo más simple, más humilde, más vivo:
    es estar sin invadir, mirar sin juzgar, escuchar sin retener.

    Con los años descubro que, cuando dejo de intervenir,
    la vida pone cada cosa en su sitio.

    Entonces mi presencia calma,
    mi silencio ordena,
    y mi mirada —cuando es limpia—
    le recuerda al otro que existe un modo más suave de vivir.

    Acompañar es un acto de libertad compartida:
    yo soy yo, el otro es él,
    y entre ambos solo queda el espacio donde la verdad respira.

    La madurez espiritual tiene mucho de esto:
    no empujar, no salvar, no ocupar.
    Ser. Estar. Atender.
    Y desde ahí, ofrecer.

  • 🌌 Bendito Sesha… Siempre en nosotros

    🌌 Bendito Sesha… Siempre en nosotros

    Bendito Sesha
    Siempre en nosotros

    No lo esperaba… aunque el alma parece saberlo antes que la mente.
    Al recibir la noticia, el silencio fue mi única palabra.

    El maestro Sesha regresó al hogar.


    Sesha fue uno de esos seres que no enseñan, sino que recuerdan lo que ya somos.

    Su voz, tan serena, hablaba desde un lugar donde el pensamiento ya había callado.

    Hoy su forma se disuelve, pero su presencia permanece en lo esencial:
    en la atención, en la calma, en la certeza de que la conciencia nunca muere.

    Bendito Sesha…
    por haber dejado huellas de claridad en quienes te escuchamos,
    por haber hecho del Advaita algo vivo y cotidiano.

    No hay despedida para quien habita en el Ser.
    El Amor no se apaga, solo cambia de forma.


  • 💌 Carta de Einstein a su hija

    💌 Carta de Einstein a su hija

    💌 Carta de Einstein a su hija

    Reflexión inicial:

    Cuando uno se acepta tal y como es —con sus defectos y habilidades— nace el amarse.

    Descubre que acepta cuanto la vida propone, porque sabe que son lecciones a ser atendidas para seguir evolucionando en sí mismo.

    Seguidamente, resurge el amor que uno es y siempre fue,
    simplemente olvidado, tapado por un velo que el ego trataba de mantener fijado y mantenernos ciegos.

    Conforme uno se redescubre, se reinventa, y se abre a transmitir lo que siente sin temor al rechazo, comprende que jamás puede ser atacado;
    porque en su mirada, todo se vuelve amor:
    amor en lo que observa y en lo que atiende.

    No hay palabras para describir aquello que yace en uno,
    esa energía amorosa sin igual.


    Carta de Albert Einstein a su hija

    Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía.
    Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.

    Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor,
    un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta.

    Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.

    Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl,
    comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede,
    porque el amor es la quintaesencia de la vida.

    Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida.

    Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta.

  • Bleu y las luces del teclado

    🌠 Bleu y las luces del teclado

    Jugaba.
    Cada tecla encendía un color y una sonrisa.
    El niño no buscaba nada, solo miraba la vida encenderse bajo sus dedos.

    Alguien podría pensar que era “demasiada pantalla”,
    pero a veces la conciencia también se manifiesta a través de un led,
    de una luz que parpadea y enseña el milagro del instante.

    Prohibir no siempre educa;
    acompañar, sí.
    El alma del niño no necesita límites rígidos,
    sino presencia que sostenga su curiosidad

    “La inocencia no conoce peligro:
    solo necesita ser mirada con amor.”

    “Educar no es apagar la luz,
    sino acompañar su brillo.”

  • El dolor como energía que sigue viva

    Reflexión sobre la conciencia corporal y el dolor

    Hay días en que el dolor parece tener voluntad propia. No se calma, no obedece, no avisa.

    Simplemente está.

    Durante mucho tiempo lo interpreté como un enemigo, como algo que debía vencer o suprimir.

    Hasta que comprendí que, tal vez, el dolor no es un castigo ni una señal de debilidad, sino energía pura: la misma energía que sostiene la vida, solo qué desbordada, buscando un cauce.

    Cuando el cuerpo fue herido, las señales que antes significaban movimiento, presión, contacto, comenzaron a llegar distorsionadas. El cerebro, desconcertado, las tradujo como dolor.

    Pero el dolor no es más que información intensa.

    Y la Conciencia puede aprender a escuchar esa intensidad sin miedo.

    He descubierto que cuando estoy presente, cuando hablo desde el corazón o dibujo en silencio, esa energía se transforma. No desaparece, pero se suaviza.

    El dolor deja de ser un grito y se convierte en un susurro que me recuerda que sigo vivo.

    El cuerpo interpreta, pero el alma comprende. Cuando el gesto nace del afecto —como aquel día que toqué el brazo de un amigo con mi mano herida— no hay dolor.

    Porque la mente no teme.

    Entonces siento que el dolor no era más que el eco del miedo a sentir.

    Cuando el miedo se disuelve, la energía fluye, y en su lugar queda la vida, tal como es.

    No busco consuelo, ni heroísmo, ni compasión.

    Solo la verdad simple: el dolor crónico forma parte de mí,

    como la respiración, la luz o la palabra.

    No lo rechazo ni lo glorifico.

    Lo reconozco, lo acepto, y sigo.

    Porque, en el fondo, el dolor también es energía que quiere moverse, y mientras se mueve, sigo vivo.

    “Porque no se trata de empujar la vida, sino de acompañarla despiertos.”

  • Aplazar

    APLAZAR

    Es un gesto humano, sí, lo sé; lo he observado en innumerables ocasiones a través del entorno social. Antes me resultaba incomprensible y me preguntaba: ¿para qué aplazar?, ¿para qué dejarlo para otro año, para otro mes, para otra semana, para mañana, para después…? Me parecía absurdo, desde mi propia experiencia.

    Aprendí desde la infancia a actuar. No me quedó otra opción: o actuaba, o quedaba anclado por las circunstancias. Aprendí a no dejar para después, sino a afrontar de inmediato aquello que surgiera, resolverlo para proseguir con ligereza el camino.

    Quien no es consciente de ello —de “aplazar”— vive, tal vez, atrapado en un ciclo interminable de repeticiones.

    Y sigo observándome. Detecto cuándo se crea el gesto de aplazar creyendo que este instante no es el adecuado, que habrá un mejor momento. ¿Y qué mejor momento podría haber que el ahora, si no existe otro?

    Es interesante observarlo, reflexionarlo y contemplar compasivamente —sin juicio— los hábitos que sumergen ciegamente en la ignorancia a quienes no ven.

    Al hacerlo, suelo sonreír esperanzado: comprendí tiempo atrás que todos tienen su tiempo, su ritmo, y que tal vez este no sea su instante indicado. Cada cual vive lo que le corresponde para su aprendizaje.

    Yo no sé el para qué de sus actos, ni tengo interés en que comprendan los míos. Bastante tengo con aprender sobre mí mismo, reconocer mis errores y resolverlos. Afortunadamente, hoy puedo detectarlos al instante, incluso observarlos antes de cometerlos, y así elegir otro modo de proceder.

    A veces uno querría tomar al sujeto por los brazos y sacudirlo, a ver si así despertara del sueño en que anda sumergido…

    Y no, ese no es nuestro cometido, sino el de resolver nuestros propios asuntos: aquellos que aguardan ser atendidos.

    Todo Ser experimenta lo que necesita vivir para trascenderlo.

    Tal vez lo logre, tal vez no. Dependerá, supongo, de la confianza y la perseverancia de cada cual.

    Solo deseo que lo vivan lo mejor que sepan y puedan.

    “Porque no se trata de empujar la vida, sino de acompañarla despiertos.”

  • Cuánto experimento

    El pasado fin de semana conocí a un joven «del cual guardaré el anonimato, pues no hay para qué dar la información».

    Fue un descubrir no premeditado. Lo observé entrar mientras finalizaba mi almuerzo y saboreaba el resto de la copa de vino tinto.

    El joven se acercó a la barra, luego a la terraza «supongo, tal vez observando el entorno».

    Al regresar al interior pude sentir su mirada, aunque yo miraba hacia otra dirección. Casi sin proponérmelo, opté por mirarlo a los ojos; en ese instante se adelantó a la mesa y me preguntó:

    —¿Eres usted de aquí?
    Así es, joven, desde hace diez meses, noviembre de 2024, le respondí.
    —Es que yo he llegado a este pueblo hace tres semanas.
    ¿Quieres sentarte y acompañarme? Tienes mi permiso e invitación, indicándole la silla con mano alzada.


    El joven inmediatamente tomó la silla y se acomodó. Aquello lo sentí como algo que debía ser experimentado, algo que surgía desde el permitirse vivir, vivenciar.

    El inicio fue una serie de preguntas por su parte según aquello que interpretaba al mirar el cuerpo, a las que gratamente le respondí usando un diálogo explícito, específico, en primera persona, en presente «—como quien relata una experiencia reviviéndola—».

    Para que comprendiera lo que le explicaba, le mostré fotos que guardo en el teléfono: de mis tiempos en el culturismo, de mi etapa de ciclista, y también imágenes de la fractura conminuta de C1 (el Atlas, hecho trizas), y de C6 y C7.
    Porque no cualquiera puede hacerse una idea de lo que significa haber pasado por eso.

    En cierto instante de compartir ideas y experiencias, el joven me pidió un momento de pausa:

    —¿Te puedo pedir que paremos un momento? Es que hay mucha información que necesito asimilar. Desprendes una energía muy intensa… pero he de explicarme, es una energía muy agradable, que impulsa, que motiva.


    Acepté y le respondí:
    —Tómate tu tiempo.

    Se retiró unos minutos. Aproveché su ausencia para pagar la cuenta. Cuando regresó, retomamos la conversación con más calma. Minutos después, añadió:

    —Vamos a dejarlo aquí. Quiero procesar toda esta información. Libera usted una energía intensa, una vibración que solo puedo describir como amor.


    Al salir del bar, en medio de la despedida, me preguntó:

    —He estudiado para ser coach, como tú lo fuiste. ¿Crees que puedo hacerlo?


    Observé cómo surgía en mí la respuesta inmediata del ego que quiere decir “sí”, pretendiendo saber.
    Hice silencio, lo miré a los ojos, coloqué mi mano derecha sobre su corazón y le dije:
    —Escucha esto: si aquello que deseas realizar, al observarlo, te aporta paz, hazlo. Y si no, no lo hagas.

    Entonces le pregunté:

    ¿Acompañar a personas para que obtengan una vida saludable te aporta paz?
    —Sí, mucho.
    Ya tienes la respuesta, dije en voz baja.


    Sonrió. Yo le ofrecí mi número, y él me dijo:

    —¿Me permites antes reflexionar sobre todo lo compartido? No suelo dar mi número a desconocidos.
    Por supuesto —le respondí—, toma tu tiempo.
    —¿Y no te molesta que no te lo dé? Tú me lo has cedido.
    No. Simplemente, hoy no toca. Tal vez en otra ocasión.


    Me mostró entonces su iPad y me dijo:

    —Mira… estoy leyendo a Eckhart Tolle. Y hoy, a través de ti, he sentido en vivo lo que él describe: una intensa energía al estar ante quien se muestra auténtico, vulnerable, presente.


    Sonreí y le respondí:
    —Todo cuanto escuchaste de mí te resonó porque, tal vez, sea lo mismo que Tolle explica, y yo no soy más que tú… Aquello que ves en mí ya está en ti ahora, en este instante.

    Nos despedimos con un abrazo.

    Personalmente me siento agradecido por esta experiencia. No hace falta vivir en una gran ciudad ni asistir a eventos para experimentar la Unidad.
    En un pueblo pequeño, o en cualquier espacio, basta con prestar Atención, y lo mágico aparece.

    Dos días más tarde, por la mañana, recibí un mensaje suyo: un saludo y el ofrecimiento de su número. Desde entonces compartimos mensajes, y el vínculo, de forma natural, continúa.

    Siempre tengo en mente lo siguiente:

    “Cada vez que hablo y comparto experiencias con otra persona, soy consciente de que me lo estoy diciendo a mí mismo; y de este modo adquiero una mejor comprensión y conocimiento.
    Si además aquello que comparto le es útil al otro, que así sea.”


    Cada amanecer es un renacer.
    Cada amanecer viene acompañado de ocasiones, de posibilidades y lecciones a ser atendidas.
    Ser presencia de ello es lo que en mí aporta paz e imperturbabilidad.

    Gracias.

  • Continuidad: Conciencia, consciencia y Atención

    Después de la reflexión anterior, estos tres haikus se abren como continuidad.
    Tres gestos, tres matices, tres formas de nombrar lo inefable.

    Consciencia

    siendo consciencia,

    la ola se levanta

    y vuelve al mar

    Conciencia

    Conciencia plena,

    todo se manifiesta,

    nada me falta

    Atención

    atenta llama,

    sostiene el instante

    sin dividirlo