Hay imágenes que no dicen lo mismo cada vez que las miramos. Durante años vi fuerza, esfuerzo, disciplina, cuerpo, reto. Hoy, al mirar algunas de esas imágenes, también puedo ver otra cosa: todo aquello que sostenía sin saber todavía que lo estaba sosteniendo.
No miro ese pasado desde la culpa.
Lo miro con más comprensión.
Hubo una etapa en la que entrené, empujé, cargué, resistí. A veces desde la exigencia. A veces desde patrones que no sabía reconocer. A veces sosteniendo cosas que ni siquiera eran mías.
Pero también sería injusto mirar ese cuerpo solo como lugar de carga.
Ese cuerpo me permitió vivir mucho.
Me permitió construir, entrenar, competir, compartir equipo, cambiar de piel, pasar del culturismo al ciclismo cuando muchos pensaban que era una locura.
Me permitió descubrir otra forma de fuerza.
Una fuerza menos solitaria.
Una fuerza compartida.
Una fuerza que también conoció la alegría.
Hay una imagen de aquel tiempo que todavía me habla: una fotografía tomada sin que yo me diera cuenta, después de una carrera dura, una de esas jornadas donde muchos abandonaron y yo terminé.
No era una pose.
Era felicidad real.
Satisfacción.
La alegría limpia de haber atravesado algo.
Luego la vida se fragmentó.
El cuerpo cambió.
La forma de estar en el mundo cambió.
Y con el tiempo, también cambió la mirada.
Hoy puedo ver al Gérard de entonces sin castigo.
Puedo ver lo que cargaba.
Puedo ver lo que logró.
Puedo ver lo que no sabía.
Puedo ver lo que ese cuerpo sostuvo por mí.
Y desde aquí, ya no necesito rechazarlo.
Solo aprender a habitarlo de otra manera.
No todo lo que sostuvimos fue error.
A veces también fue el modo en que la vida nos trajo hasta aquí.
Hoy no necesito cargarlo igual.
Hoy puedo habitarlo con más conciencia.
«Vídeo creado a partir de fotografías personales. Algunas transiciones y elementos simbólicos han sido generados con ayuda de IA.»
A veces el silencio no indica abandono. A veces solo señala que algo se está preparando con cuidado.
En mi caso, ese silencio ha tomado forma de página, de orden, de enlaces, de imágenes, de revisión y de presencia.
He estado preparando un espacio dedicado a Samuel, también conocido como SAMMIEsketch, un artista nigeriano cuyo trabajo con bolígrafo me ha inspirado profundamente.
Conocí a Samuel a través de una comunidad internacional de dibujo.
Lo que comenzó como admiración por su manera de dibujar se fue convirtiendo, poco a poco, en aprendizaje, amistad y deseo de compartir su obra con más personas.
Su trabajo me recuerda que el arte no siempre nace de grandes medios, ni de estudios perfectos, ni de condiciones ideales.
A veces nace de una mesa sencilla, de una hoja, de un bolígrafo y de una atención sostenida.
Hoy esa página ya está publicada dentro del blog.
Reúne su historia, una selección de obras, parte de su proceso creativo y también Draw This Together, la comunidad internacional de dibujo que ha impulsado.
No sé hasta dónde llegará este espacio.
Pero sí sé desde dónde nace:
desde el respeto, desde la gratitud, y desde la alegría sencilla de abrir una ventana para que otros puedan descubrir aquello que a mí también me ha tocado.
Perdonar es dejar ir la pena, la ira que me mantenía cautivo. No se trata de ignorar el daño que ha sido hecho, sino de otorgarme a mí mismo la paz que merezco.
No olvido lo sucedido. No para reprochárselo a nadie, sino como aprendizaje propio.
Perdonar no significa aprobar lo ocurrido ni estar dispuesto a que suceda de nuevo. Significa elegir avanzar sin cargar resentimiento.
Mantener el recuerdo vivo es una forma de permanecer alerta, atento.
Olvidar sería desechar las lecciones que obtuve de esa experiencia, borrar lo doloroso y, a la vez, lo valioso que ha dado forma a lo que soy hoy.
Los recuerdos, para mí, son como cicatrices que ya no duelen. Sin embargo, me cuentan historias: aquello a lo que he sobrevivido y hasta dónde he llegado.
Perdonar y perdonarme son esenciales. Perdonar me libera. Recordar integra.