• Perdono. Me perdono.

    Perdono. Me perdono.

    Yo perdono.
    Me perdono, sin olvidar.

    Perdonar es dejar ir la pena, la ira que me mantenía cautivo. No se trata de ignorar el daño que ha sido hecho,
    sino de otorgarme a mí mismo la paz que merezco.

    No olvido lo sucedido.
    No para reprochárselo a nadie,
    sino como aprendizaje propio.

    Perdonar no significa aprobar lo ocurrido
    ni estar dispuesto a que suceda de nuevo.
    Significa elegir avanzar sin cargar resentimiento.

    Mantener el recuerdo vivo
    es una forma de permanecer alerta, atento.

    Olvidar sería desechar las lecciones que obtuve de esa experiencia,
    borrar lo doloroso y, a la vez, lo valioso
    que ha dado forma a lo que soy hoy.

    Los recuerdos, para mí, son como cicatrices que ya no duelen.
    Sin embargo, me cuentan historias:
    aquello a lo que he sobrevivido
    y hasta dónde he llegado.

    Perdonar y perdonarme son esenciales.
    Perdonar me libera.
    Recordar integra.

    Perdono para ser libre.
    Recuerdo para no repetir.

  • Siendo duelo

    El duelo
    En duelo. Siendo duelo.


    Tres formas de nombrarlo, tres maneras de habitarlo.


    Sostener el duelo es un gesto que no todos aceptarán.


    El dolor es tal que, quizá, la mayoría tratará de negarlo. Lo evitarán, tal vez a través de una adicción o dando uso a algo nuevo como sustitución.


    Otros lo atravesarán de lleno.
    Se permitirán sentirlo en el cuerpo, observar cuánto se remueve por doloroso que sea.
    Lo sostendrán.


    Y a través de ese gesto, quizá sea ese el modo en que cada cual, a su ritmo y en su tiempo, sane la herida desde una mirada amorosa y compasiva.


    Después, soltar.
    Dejarlo ir.


    Proseguir de una forma literalmente reconstruida, evolucionada, sin conservar rencor alguno.
    Únicamente gratitud por lo que la experiencia aportó.


    Te veo.
    Te siento.
    Te sostengo, incluido el dolor.
    Te dejo ir.


    Gracias por la experiencia.

  • INTEGRACIÓN

    Integración


    Durante años, mi cuerpo necesitó esquinas, silencios y espaldas protegidas.
    No era miedo: era saturación.


    Aprendí a sentarme donde nadie pudiera sorprenderme,
    a mirar despacio,
    a elegir el ritmo que no me rompía.


    Hoy aún escucho esas señales,
    pero ya no me encierran.


    No me hice más fuerte.
    Me hice más atento.



    No era fragilidad.
    Era un sistema pidiendo tiempo.

  • Sentir el limite

    Sentir el límite

    Ocasionalmente, al hablar de ciertos temas, la hipersensibilidad exaspera la voz. No como emoción desbordada, sino como señal corporal.

    Ahí reconozco que toca callar.

    Karma es cuando hablo desde la mente. Dharma, cuando al atender, surge el silencio.

    🌱 A veces, la respuesta correcta es callar.

  • Paciencia aprendida

    Paciencia aprendida

    Convivir no siempre es acercarse. A veces es aprender a esperar.

    Nagi llegó con cautela. Observó el espacio, probó distancias, eligió alturas. Nada fue inmediato, nada forzado.

    La confianza no apareció como gesto evidente,

    sino como pequeños movimientos:

    una mirada sostenida,

    un maullido breve,

    un acercamiento que se detiene antes del contacto.

    Respetar ese ritmo se volvió esencial.

    No intervenir.

    No acelerar.

    No interpretar de más.

    La convivencia empezó a enseñarse sola:

    la paciencia no como virtud,

    sino como forma natural de cuidado.

    Cuando no se invade, algo se abre.

    Cuando no se empuja, algo se aproxima.

    Todo llega cuando toca.

  • Muerte, compañera. Continuidad siendo vida

    «Muerte, compañera. Continuidad siendo vida»

    A menudo observo la idea de la muerte.
    Observo viéndome reflejado, inmóvil, atendiendo. Inerte y, a la vez, vivo de alguna manera.


    Percibir cómo el cuerpo deja de ser útil y, a pesar de ello, sentirme más vivo que nunca.
    Cuando expreso esto, me refiero a sentir una energía irradiante, infinita, amorosa y compasiva, que siempre estuvo ahí y que simplemente Es, intensamente presente cuando se deja ir, cuando se suelta el cuerpo y se acepta.


    Hay ocasiones en las que saco este tema en conversación con personas con las que siento que puedo entrar ahí. Es curioso observar de inmediato los cambios sutiles en sus rostros: microexpresiones que me resultan fáciles de detectar y que, tal vez, hablan de sus miedos.


    Comprendo que no toda persona esté preparada para hablar de la muerte. Suele aparecer un velo: el disimulo, el cambio de tema o una justificación apresurada. Y me pregunto:
    ¿qué tanto miedo puede provocar algo que es natural y que convive paralelamente con la vida?


    Observando esta idea, cuando uno entra en el sueño para el descanso corpóreo, de algún modo muere. No literalmente —el pulso sigue—, pero si uno cayera en un sueño del que jamás despertase, sin dolor alguno… ¿qué habría entonces que temer?


    El miedo está muy presente en el ser humano. Tal vez lo que realmente se tema sea perder la identidad del personaje que cada cual ha construido.


    Yo no lo sé. En realidad, no sé absolutamente nada.
    Cuanto más avanzo redescubriéndome en mi propio proceso de aprendizaje a través de las lecciones de la vida, más reconozco que no sé nada. Y eso me fascina, porque abre la posibilidad de ver desde un nuevo prisma, sin personaje, con panoramas limpios de juicio.


    Muchas veces me sorprendo atendiéndome, atónito, observando un paisaje, un atardecer, a un individuo en sus quehaceres, a un animal, a un insecto… u observándome observar aquello que observo.


    Cuando atiendo de este modo, siendo presencia, todo lo que creía saber pierde importancia. Surge comprensión, conocimiento, y aparece una compasión profunda al reconocer cuánta ignorancia hay en mí que aún puede ser soltada.


    Es en estos estados de presencia donde, al observar lo que denominamos muerte, no la veo como un final, sino como una continuidad. Una vía paralela a lo efímero del cuerpo, emergiendo de él aquello que uno es y siempre fue: presencia.


    Cuando tengo conocimiento del fallecimiento de un ser cercano —o no—, una parte de mí, hecha de vivencias y experiencias compartidas, muere junto con él. Y, a la vez, siento una grata sensación: todos dejaremos este cuerpo material prestado para regresar a donde pertenecemos.
    Simplemente, ese ser querido regresó un poco antes al hogar.


    ¿Qué somos nosotros, como seres humanos, frente a la inmensidad del cosmos?
    Nuestro paso vital por este hermoso planeta llamado Tierra es breve, efímero, un suspiro. Y aun así, tenemos —si así lo decidimos— la posibilidad de invertir este breve tiempo en aprender a amarnos, aceptarnos tal como somos, prestarnos atención y autoobservación a través de los espejos que la vida nos presenta.


    En esa humanidad compartida, uno puede reconocerse reflejándose en ella. 🤍


    Cada amanecer realizo un pequeño ritual para no olvidar en mí dónde todo inició, un 22/02/2016:

    Al despertar, agradezco el nuevo día de vida y las infinitas posibilidades de aprendizaje que trae consigo.


    Por experiencia propia he constatado que estar vivo es un milagro y una bendición. En un solo instante todo puede cambiar, sin vuelta atrás. Solo queda responsabilizarse de lo acontecido y proseguir del mejor modo que uno sepa y pueda.


  • Acompaño desde lo que soy

    Acompaño desde lo que soy


    no es entrar en su historia ni sostener lo que no me pertenece.

    Acompañar es algo más simple, más humilde, más vivo:
    es estar sin invadir, mirar sin juzgar, escuchar sin retener.

    Con los años descubro que, cuando dejo de intervenir,
    la vida pone cada cosa en su sitio.

    Entonces mi presencia calma,
    mi silencio ordena,
    y mi mirada —cuando es limpia—
    le recuerda al otro que existe un modo más suave de vivir.

    Acompañar es un acto de libertad compartida:
    yo soy yo, el otro es él,
    y entre ambos solo queda el espacio donde la verdad respira.

    La madurez espiritual tiene mucho de esto:
    no empujar, no salvar, no ocupar.
    Ser. Estar. Atender.
    Y desde ahí, ofrecer.

  • 🌌 Bendito Sesha… Siempre en nosotros

    🌌 Bendito Sesha… Siempre en nosotros

    Bendito Sesha
    Siempre en nosotros

    No lo esperaba… aunque el alma parece saberlo antes que la mente.
    Al recibir la noticia, el silencio fue mi única palabra.

    El maestro Sesha regresó al hogar.

    Sesha fue uno de esos seres que no enseñan, sino que recuerdan lo que ya somos.
    Su voz, tan serena, hablaba desde un lugar donde el pensamiento ya había callado.
    Hoy su forma se disuelve, pero su presencia permanece en lo esencial:
    en la atención, en la calma, en la certeza de que la conciencia nunca muere.

    Bendito Sesha…
    por haber dejado huellas de claridad en quienes te escuchamos,
    por haber hecho del Advaita algo vivo y cotidiano.

    No hay despedida para quien habita en el Ser.
    El Amor no se apaga, solo cambia de forma.



  • 💌 Carta de Einstein a su hija

    💌 Carta de Einstein a su hija

    💌 Carta de Einstein a su hija

    Reflexión inicial:

    Cuando uno se acepta tal y como es —con sus defectos y habilidades— nace el amarse.
    Descubre que acepta cuanto la vida propone, porque sabe que son lecciones a ser atendidas para seguir evolucionando en sí mismo.

    Seguidamente, resurge el amor que uno es y siempre fue,
    simplemente olvidado, tapado por un velo que el ego trataba de mantener fijado y mantenernos ciegos.

    Conforme uno se redescubre, se reinventa, y se abre a transmitir lo que siente sin temor al rechazo, comprende que jamás puede ser atacado;
    porque en su mirada, todo se vuelve amor:
    amor en lo que observa y en lo que atiende.

    No hay palabras para describir aquello que yace en uno,
    esa energía amorosa sin igual.


    Carta de Albert Einstein a su hija

    Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía.
    Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.

    Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor,
    un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio,
    el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta.
    Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.

    Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl,
    comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede,
    porque el amor es la quintaesencia de la vida.

    Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida.
    Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta.

  • Bleu y las luces del teclado

    🌠 Bleu y las luces del teclado

    Jugaba.
    Cada tecla encendía un color y una sonrisa.
    El niño no buscaba nada, solo miraba la vida encenderse bajo sus dedos.

    Alguien podría pensar que era “demasiada pantalla”,
    pero a veces la conciencia también se manifiesta a través de un led,
    de una luz que parpadea y enseña el milagro del instante.

    Prohibir no siempre educa;
    acompañar, sí.
    El alma del niño no necesita límites rígidos,
    sino presencia que sostenga su curiosidad.

    💠

    “La inocencia no conoce peligro:
    solo necesita ser mirada con amor.”

    “Educar no es apagar la luz,
    sino acompañar su brillo.”