El pasado fin de semana conocí a un joven «del cual guardaré el anonimato, pues no hay para qué dar la información». Fue un descubrir no premeditado. Lo observé entrar mientras finalizaba mi almuerzo y saboreaba el resto de la copa de vino tinto. El joven se acercó a la barra, luego a la terraza «supongo, tal vez observando el entorno». Al regresar al interior pude sentir su mirada, aunque yo miraba hacia otra dirección. Casi sin proponérmelo, opté por mirarlo a los ojos; en ese instante se adelantó a la mesa y me preguntó:
—¿Eres usted de aquí?
—Así es, joven, desde hace diez meses, noviembre de 2024, le respondí.
—Es que yo he llegado a este pueblo hace tres semanas.
—¿Quieres sentarte y acompañarme? Tienes mi permiso e invitación, indicándole la silla con mano alzada.
El joven inmediatamente tomó la silla y se acomodó. Aquello lo sentí como algo que debía ser experimentado, algo que surgía desde el permitirse vivir, vivenciar. El inicio fue una serie de preguntas por su parte según aquello que interpretaba al mirar el cuerpo, a las que gratamente le respondí usando un diálogo explícito, específico, en primera persona, en presente «—como quien relata una experiencia reviviéndola—. Para que comprendiera lo que le explicaba, le mostré fotos que guardo en el teléfono: de mis tiempos en el culturismo, de mi etapa de ciclista, y también imágenes de la fractura conminuta de C1 (el Atlas, hecho trizas), y de C6 y C7. Porque no cualquiera puede hacerse una idea de lo que significa haber pasado por eso.
En cierto instante de compartir ideas y experiencias, el joven me pidió un momento de pausa:
—¿Te puedo pedir que paremos un momento? Es que hay mucha información que necesito asimilar. Desprendes una energía muy intensa… pero es una energía muy agradable, que impulsa, que motiva.
Acepté y le respondí:
—Tómate tu tiempo.
Se retiró unos minutos. Aproveché su ausencia para pagar la cuenta. Cuando regresó, retomamos la conversación con más calma. Minutos después, añadió:.
—Vamos a dejarlo aquí. Quiero procesar toda esta información. Libera usted una energía intensa, una vibración que solo puedo describir como amor.
Al salir del bar, en medio de la despedida, me preguntó:
—He estudiado para ser coach, como tú lo fuiste. ¿Crees que puedo hacerlo?
Observé cómo surgía en mí la respuesta inmediata del ego que quiere decir “sí”, pretendiendo saber. Hice silencio, lo miré a los ojos, coloqué mi mano derecha sobre su corazón y le dije:
—Escucha esto: si aquello que deseas realizar, al observarlo, te aporta paz, hazlo. Y si no, no lo hagas.
Entonces le pregunté:
—¿Acompañar a personas para que obtengan una vida saludable te aporta paz?
—Sí, mucho.
—Ya tienes la respuesta, dije en voz baja.
Sonrió. Yo le ofrecí mi número, y él me dijo:
—¿Me permites antes reflexionar sobre todo lo compartido? No suelo dar mi número a desconocidos.
—Por supuesto —le respondí—, toma tu tiempo.
—¿Y no te molesta que no te lo dé? Tú me lo has cedido.
—No. Simplemente, hoy no toca. Tal vez en otra ocasión.
Me mostró entonces su iPad y me dijo:
—Mira… estoy leyendo a Eckhart Tolle. Y hoy, a través de ti, he sentido en vivo lo que él describe: una intensa energía al estar ante quien se muestra auténtico, vulnerable, presente.
Sonreí y le respondí:
—Todo cuanto escuchaste de mí te resonó porque, tal vez, sea lo mismo que Tolle explica, y yo no soy más que tú… Aquello que ves en mí ya está en ti ahora, en este instante.
Nos despedimos con un abrazo.
Personalmente me siento agradecido por esta experiencia. No hace falta vivir en una gran ciudad ni asistir a eventos para experimentar la Unidad. En un pueblo pequeño, o en cualquier espacio, basta con prestar Atención, y lo mágico aparece.
Dos días más tarde, por la mañana, recibí un mensaje suyo: un saludo y el ofrecimiento de su número. Desde entonces compartimos mensajes, y el vínculo, de forma natural, continúa.
Siempre tengo en mente lo siguiente:
“Cada vez que hablo y comparto experiencias con otra persona, soy consciente de que me lo estoy diciendo a mí mismo; y de este modo adquiero una mejor comprensión y conocimiento.
Si además aquello que comparto le es útil al otro, que así sea.”
Cada amanecer es un renacer.
Cada amanecer viene acompañado de infinitas posibilidades y lecciones a ser atendidas.
Ser presencia de ello es lo que en mí aporta paz e imperturbabilidad.
Gracias.
gerardunus
G.A.L.U.
Cada trazo, cada palabra, una meditación silenciosa en el fluir del tiempo…