Paciencia aprendida
Convivir no siempre es acercarse. A veces es aprender a esperar.

Nagi llegó con cautela. Observó el espacio, probó distancias, eligió alturas. Nada fue inmediato, nada forzado.
La confianza no apareció como gesto evidente,
sino como pequeños movimientos:
una mirada sostenida,
un maullido breve,
un acercamiento que se detiene antes del contacto.
Respetar ese ritmo se volvió esencial.
No intervenir.
No acelerar.
No interpretar de más.
La convivencia empezó a enseñarse sola:
la paciencia no como virtud,
sino como forma natural de cuidado.
Cuando no se invade, algo se abre.
Cuando no se empuja, algo se aproxima.
Todo llega cuando toca.
Unus
G.A.L.U.
La paciencia no espera. Escucha.