• Sentir el limite

    Sentir el límite

    Ocasionalmente, al hablar de ciertos temas, la hipersensibilidad exaspera la voz. No como emoción desbordada, sino como señal corporal.

    Ahí reconozco que toca callar.

    Karma es cuando hablo desde la mente. Dharma, cuando al atender, surge el silencio.

    🌱 A veces, la respuesta correcta es callar.

  • Muerte, compañera. Continuidad siendo vida

    «Muerte, compañera. Continuidad siendo vida»

    A menudo observo la idea de la muerte.
    Observo viéndome reflejado, inmóvil, atendiendo. Inerte y, a la vez, vivo de alguna manera.


    Percibir cómo el cuerpo deja de ser útil y, a pesar de ello, sentirme más vivo que nunca.
    Cuando expreso esto, me refiero a sentir una energía irradiante, infinita, amorosa y compasiva, que siempre estuvo ahí y que simplemente Es, intensamente presente cuando se deja ir, cuando se suelta el cuerpo y se acepta.


    Hay ocasiones en las que saco este tema en conversación con personas con las que siento que puedo entrar ahí. Es curioso observar de inmediato los cambios sutiles en sus rostros: microexpresiones que me resultan fáciles de detectar y que, tal vez, hablan de sus miedos.


    Comprendo que no toda persona esté preparada para hablar de la muerte. Suele aparecer un velo: el disimulo, el cambio de tema o una justificación apresurada. Y me pregunto:
    ¿qué tanto miedo puede provocar algo que es natural y que convive paralelamente con la vida?


    Observando esta idea, cuando uno entra en el sueño para el descanso corpóreo, de algún modo muere. No literalmente —el pulso sigue—, pero si uno cayera en un sueño del que jamás despertase, sin dolor alguno… ¿qué habría entonces que temer?


    El miedo está muy presente en el ser humano. Tal vez lo que realmente se tema sea perder la identidad del personaje que cada cual ha construido.


    Yo no lo sé. En realidad, no sé absolutamente nada.
    Cuanto más avanzo redescubriéndome en mi propio proceso de aprendizaje a través de las lecciones de la vida, más reconozco que no sé nada. Y eso me fascina, porque abre la posibilidad de ver desde un nuevo prisma, sin personaje, con panoramas limpios de juicio.


    Muchas veces me sorprendo atendiéndome, atónito, observando un paisaje, un atardecer, a un individuo en sus quehaceres, a un animal, a un insecto… u observándome observar aquello que observo.


    Cuando atiendo de este modo, siendo presencia, todo lo que creía saber pierde importancia. Surge comprensión, conocimiento, y aparece una compasión profunda al reconocer cuánta ignorancia hay en mí que aún puede ser soltada.


    Es en estos estados de presencia donde, al observar lo que denominamos muerte, no la veo como un final, sino como una continuidad. Una vía paralela a lo efímero del cuerpo, emergiendo de él aquello que uno es y siempre fue: presencia.


    Cuando tengo conocimiento del fallecimiento de un ser cercano —o no—, una parte de mí, hecha de vivencias y experiencias compartidas, muere junto con él. Y, a la vez, siento una grata sensación: todos dejaremos este cuerpo material prestado para regresar a donde pertenecemos.
    Simplemente, ese ser querido regresó un poco antes al hogar.


    ¿Qué somos nosotros, como seres humanos, frente a la inmensidad del cosmos?
    Nuestro paso vital por este hermoso planeta llamado Tierra es breve, efímero, un suspiro. Y aun así, tenemos —si así lo decidimos— la posibilidad de invertir este breve tiempo en aprender a amarnos, aceptarnos tal como somos, prestarnos atención y autoobservación a través de los espejos que la vida nos presenta.


    En esa humanidad compartida, uno puede reconocerse reflejándose en ella. 🤍


    Cada amanecer realizo un pequeño ritual para no olvidar en mí dónde todo inició, un 22/02/2016:

    Al despertar, agradezco el nuevo día de vida y las infinitas posibilidades de aprendizaje que trae consigo.


    Por experiencia propia he constatado que estar vivo es un milagro y una bendición. En un solo instante todo puede cambiar, sin vuelta atrás. Solo queda responsabilizarse de lo acontecido y proseguir del mejor modo que uno sepa y pueda.


  • Acompaño desde lo que soy

    Acompaño desde lo que soy


    no es entrar en su historia ni sostener lo que no me pertenece.

    Acompañar es algo más simple, más humilde, más vivo:
    es estar sin invadir, mirar sin juzgar, escuchar sin retener.

    Con los años descubro que, cuando dejo de intervenir,
    la vida pone cada cosa en su sitio.

    Entonces mi presencia calma,
    mi silencio ordena,
    y mi mirada —cuando es limpia—
    le recuerda al otro que existe un modo más suave de vivir.

    Acompañar es un acto de libertad compartida:
    yo soy yo, el otro es él,
    y entre ambos solo queda el espacio donde la verdad respira.

    La madurez espiritual tiene mucho de esto:
    no empujar, no salvar, no ocupar.
    Ser. Estar. Atender.
    Y desde ahí, ofrecer.

  • Instante

    Esta mañana la vida me mostró un giro inesperado: quien hasta ayer me acompañaba en el camino me dijo que no está bien en la relación y que desea continuar sola.

    No hubo ruido exterior. Solo una verdad que se abrió, serena y tajante. Y en ese mismo instante apareció en mí el mar interior —esas olas que llamo mi “tsunami”.

    Por la tarde, casi como un guiño, vi una entrevista a Tony Estruch, recuerdo del encuentro que tuvimos en 2023 y de su sugerencia de escribir. Ese recuerdo me llevó a dibujar mi genotipo: símbolos que no son adornos, sino coordenadas. Al trazarlos, comprendí que mi raíz no depende de un vínculo; mi motor nace de la intuición, del amor incondicional y de la necesidad de comunicar aquello que me habita.

    “Infinito, Círculo y Rombo… huellas de lo que me habita.”

    Las emociones son como un océano. En la superficie rugen y golpean, pero basta con descender unos metros para que el oleaje se transforme en un balanceo suave, como una nana en brazos de la Madre Tierra. Esa es la práctica de la Atención: no negar la tormenta, sino mirar desde la profundidad donde todo se mece en calma.

    Si la vida propone separación, no es necesariamente un final. Es un llamado a reencontrar la brújula propia. Hoy siento dolor y agradecimiento a la vez: dolor por la herida que se abre, agradecimiento porque la herida me revela lo que permanece.

    No busco consuelo ni respuestas fáciles. Solo afirmo algo que ya sé: lo que soy no se reduce a una historia que pueda romperse. Soy la Conciencia que observa el oleaje. Y en ese observar, volver al trazo del genotipo fue un acto sagrado de anclaje.

    Cada cual tiene su tiempo para decidir lo que corresponde en su vida. Quien caminaba a mi lado eligió seguir por otra senda. Lo acepto. Si mañana el camino bifurca de nuevo, también lo aceptaré.

    Dibujo, escribo, respiro. Eso basta por hoy.

  • Libre Albedrío

    A pesar del caos que uno, prestando Atención, pueda observar en lo cotidiano —sea en conversaciones con semejantes o en la mera contemplación de un hecho causal—, siempre hay pinceladas que invitan a mirar más allá del mundo ilusorio. A pesar de ello, tengo fe.

    No soy especial, no hay en mí nada distinto de ti, lector. Tan solo elegí. Y ese simple gesto creó un cambio completo en mi vida. Para mí fue tan contundente que marcó un antes y un después: trabajé en el estar Atento, en cuestionar cuanto doy por hecho, cuanto creo real.

    Ese gesto, aunque pequeño, despierta del letargo. Si yo lo hice, cualquiera puede hacerlo. No hay truco ni barita mágica: se trata de voluntad, fe y una decisión honesta de cambiarse a sí mismo. Todo inicia en uno.

    Después, cada cual tiene su tiempo, su ritmo, su momento. La elección es de cada cual. No se trata de dar consejos desde el ego que cree saberlo todo, sino de compartir lo que uno ha vivido. Nadie puede aconsejar sin haber pasado por la misma experiencia y sin haberla trascendido; y si no fue pedida la ayuda, mejor callar.

    Todo acto que realizamos es fruto de una elección. Elijamos, pues, con plena consciencia.

    Que la luz del Universo guíe cada instante de duda e ilumine tu camino, para que halles decisiones alineadas con valores éticos y coherentes con todo aquello que piensas, dices y haces.

    gerardunus
    G.A.L.U.

  • OBSERVAR

    En el ritmo vertiginoso del cotidiano, parece que uno deba seguir un modo fijo de hacer, de actuar frente a los eventos. Y, sin embargo, lo esencial es realizar un Alto en uno mismo y Observar con Atención. Cuando escribo Atención con mayúscula, es porque quiero resaltar la importancia de detenerse: bajar el ritmo no solo físico, sino sobre todo mental. Ese ruido interior que no cesa y nos arrastra como autómatas inconscientes necesita ser mirado.

    Hacer un Alto y Atenderse es darse la posibilidad de ver desde otro prisma. Como quien contempla un pueblo desde lo alto de una montaña: casas, árboles, calles, personas que caminan, animales, el cielo azul con nubes que se mueven lentas… Todo visto sin juicio, como una película que sucede. Ese es el gesto de Prestar Atención.

    He aprendido —y sigo aprendiendo— a practicarlo en lo cotidiano. Me gusta salir de casa, caminar hasta el bar La Sociedad, pedir un café largo y sumergirme en la lectura. Antes el ruido me distraía; hoy, poco a poco, voy descubriendo cómo puedo leer y, al mismo tiempo, dejar que las voces, el bullicio, el simple suceder alrededor fluyan. No siempre lo logro, pero cada vez me es más natural: sin molestia, sin juicio. Solo ver. En esos momentos, a veces me reconozco en el espejo de los demás: viejas actitudes que fueron mías, inconscientes. Y en lugar de juicio, me nace compasión: todos estamos resolviendo asuntos internos, cada cual, en su proceso, cada cual a su tiempo.

    También miro atrás, al Gérard del deporte. Treinta años de culturismo y después cuatro de ciclismo de carretera. Allí descubrí la pasión por compartir con un equipo, el valor de aprender dentro de un pelotón de doscientos ciclistas, la alegría de ser reconocido por veteranos a los que admiraba. Más que trofeos, me importaba la amistad, el respeto, la risa compartida antes de competir. Hoy no lo recuerdo con dolor, sino con gratitud. Fue una etapa de entusiasmo y disciplina, de observar y aprender, de crecer junto a otros.

    Y llegó el accidente. Muchos lo llaman “sufrimiento”. Para mí fue otra experiencia. No lo vivo con rabia ni resentimiento: lo cuento como una anécdota vital, porque allí recibí la lección más grande. Ese accidente fue un Renacer. Gracias a él hoy sé mejor quién soy, y tengo claros mis valores, alineados con lo que pienso, hablo y hago.

    La vida es, sin más, y al mismo tiempo, la gran maestra. Nos propone situaciones para aprender a resolverlas de otro modo. Cada cual tiene su propio proceso, y lo transita como puede y sabe.

    gerardunus
    G.A.L.U.

  • Lo Eterno

    surgen destellos
    comprensión de unidad
    siendo perenne

    gerardunus
    G.A.L.U.

  • Balance

    creyó perderse
    optó por silenciarle
    Ser equilibrio

    gerardunus
    G.A.L.U.

  • Presencia Estable

    sin altibajos
    Atento y Consciente
    ecuanimidad

    gerardunus
    G.A.L.U.

  • Dolor

    ha aumentado
    toca parar Observar
    aprender de él

    gerardunus
    G.A.L.U.

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