«Muerte, compañera. Continuidad siendo vida»
A menudo observo la idea de la muerte.
Observo viéndome reflejado, inmóvil, atendiendo. Inerte y, a la vez, vivo de alguna manera.
Percibir cómo el cuerpo deja de ser útil y, a pesar de ello, sentirme más vivo que nunca.
Cuando expreso esto, me refiero a sentir una energía irradiante, infinita, amorosa y compasiva, que siempre estuvo ahí y que simplemente Es, intensamente presente cuando se deja ir, cuando se suelta el cuerpo y se acepta.
Hay ocasiones en las que saco este tema en conversación con personas con las que siento que puedo entrar ahí. Es curioso observar de inmediato los cambios sutiles en sus rostros: microexpresiones que me resultan fáciles de detectar y que, tal vez, hablan de sus miedos.
Comprendo que no toda persona esté preparada para hablar de la muerte. Suele aparecer un velo: el disimulo, el cambio de tema o una justificación apresurada. Y me pregunto:
¿qué tanto miedo puede provocar algo que es natural y que convive paralelamente con la vida?
Observando esta idea, cuando uno entra en el sueño para el descanso corpóreo, de algún modo muere. No literalmente —el pulso sigue—, pero si uno cayera en un sueño del que jamás despertase, sin dolor alguno… ¿qué habría entonces que temer?
El miedo está muy presente en el ser humano. Tal vez lo que realmente se tema sea perder la identidad del personaje que cada cual ha construido.
Yo no lo sé. En realidad, no sé absolutamente nada.
Cuanto más avanzo redescubriéndome en mi propio proceso de aprendizaje a través de las lecciones de la vida, más reconozco que no sé nada. Y eso me fascina, porque abre la posibilidad de ver desde un nuevo prisma, sin personaje, con panoramas limpios de juicio.
Muchas veces me sorprendo atendiéndome, atónito, observando un paisaje, un atardecer, a un individuo en sus quehaceres, a un animal, a un insecto… u observándome observar aquello que observo.
Cuando atiendo de este modo, siendo presencia, todo lo que creía saber pierde importancia. Surge comprensión, conocimiento, y aparece una compasión profunda al reconocer cuánta ignorancia hay en mí que aún puede ser soltada.
Es en estos estados de presencia donde, al observar lo que denominamos muerte, no la veo como un final, sino como una continuidad. Una vía paralela a lo efímero del cuerpo, emergiendo de él aquello que uno es y siempre fue: presencia.
Cuando tengo conocimiento del fallecimiento de un ser cercano —o no—, una parte de mí, hecha de vivencias y experiencias compartidas, muere junto con él. Y, a la vez, siento una grata sensación: todos dejaremos este cuerpo material prestado para regresar a donde pertenecemos.
Simplemente, ese ser querido regresó un poco antes al hogar.
¿Qué somos nosotros, como seres humanos, frente a la inmensidad del cosmos?
Nuestro paso vital por este hermoso planeta llamado Tierra es breve, efímero, un suspiro. Y aun así, tenemos —si así lo decidimos— la posibilidad de invertir este breve tiempo en aprender a amarnos, aceptarnos tal como somos, prestarnos atención y autoobservación a través de los espejos que la vida nos presenta.
En esa humanidad compartida, uno puede reconocerse reflejándose en ella. 🤍
Cada amanecer realizo un pequeño ritual para no olvidar en mí dónde todo inició:
Al despertar, agradezco el nuevo día de vida y las infinitas posibilidades de aprendizaje que trae consigo.
Por experiencia propia he constatado que estar vivo es un milagro y una bendición. En un solo instante todo puede cambiar, sin vuelta atrás. Solo queda responsabilizarse de lo acontecido y proseguir del mejor modo que uno sepa y pueda.
Vive y experimenta la vida. No sueñes con vivirla.
Unus
G.A.L.U.
La muerte no es un final.Es continuidad sin cuerpo.