me senti caer
rompiéndome por dentro
y reconstruí
Aquello que veo:
El dolor no fue enemigo, fue el cincel que reveló mi forma.
gerardunus
G.A.L.U.
Cada trazo, cada palabra, una meditación silenciosa en el fluir del tiempo…
me senti caer
rompiéndome por dentro
y reconstruí
Aquello que veo:
El dolor no fue enemigo, fue el cincel que reveló mi forma.
gerardunus
G.A.L.U.
Cada trazo, cada palabra, una meditación silenciosa en el fluir del tiempo…
El 22 de febrero de 2016 amanecía como un día cualquiera, con el ritual de entrenar en bicicleta por la C-260. Nada hacía presagiar que esa ruta marcaría un antes y un después en mi existencia.
Un camión, un instante fugaz, y de pronto todo se quebró. No solo la bicicleta, no solo mi cuerpo: también el curso de mi vida.
Me trasladaron de urgencia. En ese trayecto y durante las primeras horas, los médicos no sabían cómo proceder. Las imágenes revelaban un mapa devastado de fracturas y daños: la columna partida en dos, el atlas hecho añicos, los ligamentos destrozados. Era un caso que excedía los protocolos, sin precedentes claros en los manuales.
Fueron nueve días suspendidos, un tiempo de espera en el que la vida parecía depender de un hilo. “Desconectado del universo”, así lo describo hoy: presente y ausente, sostenido apenas por la incertidumbre médica y la esperanza de lo improbable. Durante ese periodo, especialistas de distintos lugares fueron consultados. La pregunta era siempre la misma: ¿hay salida? ¿hay manera de salvar este cuerpo sin dejarlo atrapado para siempre en la inmovilidad?
La respuesta llegó finalmente con una decisión quirúrgica de alto riesgo: fijar con titanio desde C5 hasta D2, una operación que buscaba no solo estabilizar la columna, sino darme una oportunidad de seguir en este mundo.


El impacto dejó en mi cuerpo un mapa de fracturas que hablaba por sí mismo:
Era un cuadro de guerra interna, un cuerpo colapsado que aún respiraba. Los diagnósticos llegaban con palabras frías, pero detrás de ellas estaba la pregunta esencial: ¿podría volver a caminar?, ¿podría volver a vivir sin quedar atrapado en un cuerpo inmóvil?
⚠️ Advertencia: la siguiente imagen puede resultar sensible.


Un año después del accidente, escribí estas palabras, reflejo de aquel tiempo en que la rabia era mi combustible:
“ES MI VIDA.
YO LA ESCOGÍ, NADIE ME OBLIGA A NADA.
SI PARA LOGRAR MI OBJETIVO HE DE SUFRIR, SUFRO…
USARÉ ESA RABIA EN MIS PROPÓSITOS, ELEVÁNDOLA A SU MÁXIMO PODER,
CONVIRTIÉNDOLA EN ENERGÍA PURA HASTA QUEDAR EXHAUSTO.
SOLO ENTONCES PARARÉ.”
La rabia me sostuvo, pero también me quemaba. Era lucha física, mental y emocional. Pelear contra el sufrimiento fue mi modo de sobrevivir.
Cita:
“La rabia fue fuego, y el fuego también ilumina el camino.”
Tras la rabia, aprendí la importancia de la perseverancia.
La fe no fue religiosa, sino confianza en que cada paso contaba.
La velocidad no era lo esencial, sino no detenerse.
La rehabilitación era un territorio desconocido: avances pequeños, retrocesos dolorosos, pero siempre un paso más.

Cita:
“Cada paso cuenta.”
Hoy no soy el mismo que cayó aquel día.
Las lesiones permanecen, las secuelas son parte de mí, pero ya no me definen.
Aprendí que no soy lo roto.
Soy la fuerza que surge de abrazar lo roto.

“Hoy sé que no soy lo roto: soy la fuerza que surge de abrazarlo.”
Este testimonio no busca compasión, sino mostrar que incluso en lo más oscuro puede nacer fuerza.
Hermano, hermana, si atraviesas dolor, recuerda:
no es la perfección lo que importa, sino no rendirse.
“El accidente no me quitó la vida: me la transformó. Gérard, el de antes, quedó en el asfalto; yo soy el que renació de ese final.
He comprendido también que no soy este cuerpo. Este cuerpo reconstruido es un recipiente, una herramienta que utilizo, y que sirve para expresar y habitar aquello que verdaderamente soy. La personalidad de antes se deshizo; lo que queda es lo esencial, lo que observa, lo que vive más allá de las formas.”
gerardunus
G.A.L.U.
Cada trazo, cada palabra, una meditación silenciosa en el fluir del tiempo…