Reconociéndome
Durante estos últimos dos meses, mientras leía Hackeando tu cerebro, de Fernando González, he ido observando cómo cambiaba en mí la percepción del entorno.
A medida que avanzaba por sus capítulos, nació también la curiosidad de buscar entrevistas, conversaciones y podcasts en los que Fernando ampliara algunos ejemplos o respondiera a preguntas que no aparecían directamente en el libro.
No buscaba acumular información.
Buscaba reconocer en mí aquello que estaba leyendo.
Así fui integrando cada capítulo, no solo desde la comprensión intelectual, sino llevándolo a mi experiencia cotidiana.
En apenas dos meses, de forma sutil, he empezado a percibir con mayor claridad cuanto surge primero en el cuerpo y después en la mente.
Curiosamente, esto no era completamente nuevo para mí.
Llevo años practicando la autoobservación, muy vinculada a eso que muchas veces llamamos metacognición: observar lo que pienso, lo que siento, lo que digo y lo que hago.
Pero al leer y escuchar a Fernando, algo se ordenó.
Pude comprender mejor el mecanismo.
Cómo opera el cerebro.
Cómo se organiza la mente.
Cómo el cuerpo percibe mucha información del entorno antes de que el pensamiento llegue a formularla.
Y ahí hubo un pequeño clic.
No porque apareciera una capacidad nueva, sino porque pude poner palabras a algo que ya estaba sintiendo y practicando.
Ahora reconozco con mayor rapidez cuándo la mente empieza a divagar, cuándo se forma una narrativa, cuándo una emoción toma cuerpo o cuándo comienza a prepararse una posible reacción.
Y al verlo, algo cambia.
No necesito forzarlo.
No necesito pelearme con ello.
Simplemente atiendo.
Observo.
Reconozco.
Y muchas veces, en ese mismo instante, surge una sonrisa pequeña, casi imperceptible, en la comisura de la boca.
Una sonrisa amable.
No de superioridad.
No de juicio.
Sino de comprensión.
Como si algo en mí dijera:
«Ahí está otra vez».
Al reconocerlo, baja la intensidad.
El cuerpo se afloja.
La emoción pierde fuerza.
La reacción deja de necesitar realizarse.
Cada vez que esto sucede, comprendo un poco más el orden en que se activan los patrones, los hábitos, las emociones y las respuestas automáticas.
Al verlo, recupero la posibilidad de elegir.
Y en esa posibilidad, muchas reacciones pueden detenerse antes de apoderarse del instante presente.
Cuando miro mi vida en perspectiva, comprendo que muchas cosas no ocurrieron por un supuesto destino escrito de antemano, sino por una sucesión de decisiones tomadas desde la conciencia que entonces tenía.
Y al verlo así, no puedo evitar sonreír.
No desde la culpa.
No desde el reproche.
Sino desde la compasión.
Porque entonces no sabía hacerlo de otro modo.
Actuamos con la conciencia y los recursos de que disponemos en cada momento.
Quizá por eso la vida vuelve a presentarnos situaciones parecidas.
No como castigo.
No como condena.
Sino como una nueva posibilidad de elegir.
Una oportunidad para acercar aquello que sentimos, pensamos, decimos y hacemos.
Para mí es fascinante.
No sé cómo lo verá cada persona, pero a mí me conmueve descubrir que, una y otra vez, la vida nos ofrece la posibilidad de responder desde un lugar más consciente.
Cuando uno empieza a vivir con mayor coherencia, algo se aquieta.
Hay menos espacio para el miedo.
Menos necesidad de juicio.
Menos fuerza en el rencor.
Y aparece una paz sencilla.
No una paz perfecta.
No una paz ideal.
Una paz posible.
La paz de quien empieza a reconocerse mientras vive.
Así lo habito yo.
Desde el corazón, desde el amor más profundo que siento:
así sea para ti. 🤍
gerardunus
Al ser visto, lo que iba a convertirse en reacción puede volver a ser presencia.

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