Integración
Durante años, mi cuerpo necesitó esquinas, silencios y espaldas protegidas.
No era miedo: era saturación.
Aprendí a sentarme donde nadie pudiera sorprenderme,
a mirar despacio,
a elegir el ritmo que no me rompía.
Hoy aún escucho esas señales,
pero ya no me encierran.
No me hice más fuerte.
Me hice más atento.
—
No era fragilidad.
Era un sistema pidiendo tiempo.
Gérard_Unus
G.A.L.U.
Cuando dejé de forzar, el cuerpo encontró su ritmo.

Deja un comentario