Continuidad de la reflexión iniciada en “De lo roto a la fuerza”.
En el ritmo vertiginoso del cotidiano, parece que uno deba seguir un modo fijo de hacer, de actuar frente a los eventos. Y, sin embargo, lo esencial es realizar un Alto en uno mismo y Observar con Atención. Cuando escribo Atención con mayúscula, es porque quiero resaltar la importancia de detenerse: bajar el ritmo no solo físico, sino sobre todo mental. Ese ruido interior que no cesa y nos arrastra como autómatas inconscientes necesita ser mirado.
Hacer un Alto y Atenderse es darse la posibilidad de ver desde otro prisma. Como quien contempla un pueblo desde lo alto de una montaña: casas, árboles, calles, personas que caminan, animales, el cielo azul con nubes que se mueven lentas… Todo visto sin juicio, como una película que sucede. Ese es el gesto de Prestar Atención.
He aprendido —y sigo aprendiendo— a practicarlo en lo cotidiano. Me gusta salir de casa, caminar hasta el bar La Sociedad, pedir un café largo y sumergirme en la lectura. Antes el ruido me distraía; hoy, poco a poco, voy descubriendo cómo puedo leer y, al mismo tiempo, dejar que las voces, el bullicio, el simple suceder alrededor fluyan. No siempre lo logro, pero cada vez me es más natural: sin molestia, sin juicio. Solo ver. En esos momentos, a veces me reconozco en el espejo de los demás: viejas actitudes que fueron mías, inconscientes. Y en lugar de juicio, me nace compasión: todos estamos resolviendo asuntos internos, cada cual, en su proceso, cada cual a su tiempo.
También miro atrás, al Gérard del deporte. Treinta años de culturismo y después cuatro de ciclismo de carretera. Allí descubrí la pasión por compartir con un equipo, el valor de aprender dentro de un pelotón de doscientos ciclistas, la alegría de ser reconocido por veteranos a los que admiraba. Más que trofeos, me importaba la amistad, el respeto, la risa compartida antes de competir. Hoy no lo recuerdo con dolor, sino con gratitud. Fue una etapa de entusiasmo y disciplina, de observar y aprender, de crecer junto a otros.
Y llegó el accidente. Muchos lo llaman “sufrimiento”. Para mí fue otra experiencia. No lo vivo con rabia ni resentimiento: lo cuento como una anécdota vital, porque allí recibí la lección más grande. Ese accidente fue un Renacer. Gracias a él hoy sé mejor quién soy, y tengo claros mis valores, alineados con lo que pienso, hablo y hago.
La vida es, sin más, y al mismo tiempo, la gran maestra. Nos propone situaciones para aprender a resolverlas de otro modo. Cada cual tiene su propio proceso, y lo transita como puede y sabe.
gerardunus
G.A.L.U.
Cada trazo, cada palabra, una meditación silenciosa en el fluir del tiempo…

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