Gerard-Unus

“Reflexiones sobre lo que pienso, expreso y encaro con presencia.”

Reflexión sobre la conciencia corporal y el dolor

Hay días en que el dolor parece tener voluntad propia. No se calma, no obedece, no avisa.

Simplemente está.

Durante mucho tiempo lo interpreté como un enemigo, como algo que debía vencer o suprimir.

Hasta que comprendí que, tal vez, el dolor no es un castigo ni una señal de debilidad, sino energía pura: la misma energía que sostiene la vida, solo qué desbordada, buscando un cauce.

Cuando el cuerpo fue herido, las señales que antes significaban movimiento, presión, contacto, comenzaron a llegar distorsionadas. El cerebro, desconcertado, las tradujo como dolor.

Pero el dolor no es más que información intensa.

Y la Conciencia puede aprender a escuchar esa intensidad sin miedo.

He descubierto que cuando estoy presente, cuando hablo desde el corazón o dibujo en silencio, esa energía se transforma. No desaparece, pero se suaviza.

El dolor deja de ser un grito y se convierte en un susurro que me recuerda que sigo vivo.

El cuerpo interpreta, pero el alma comprende. Cuando el gesto nace del afecto —como aquel día que toqué el brazo de un amigo con mi mano herida— no hay dolor.

Porque la mente no teme.

Entonces siento que el dolor no era más que el eco del miedo a sentir.

Cuando el miedo se disuelve, la energía fluye, y en su lugar queda la vida, tal como es.

No busco consuelo, ni heroísmo, ni compasión.

Solo la verdad simple: el dolor forma parte de mí,

como la respiración, la luz o la palabra.

No lo rechazo ni lo glorifico.

Lo reconozco, lo abrazo, y sigo.

Porque, en el fondo, el dolor también es energía que quiere moverse, y mientras se mueve, sigo vivo.

“Porque no se trata de empujar la vida, sino de acompañarla despiertos.”

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