Esto que me nace lo expreso así: el deseo es una adicción, una retroalimentación constante para olvidar, para no aceptar, para acallar la mente y no enfrentar los propios problemas. Puede tomar muchas formas: desear sexo, comida, ejercicio en exceso, conducir con temeridad, buscar peleas o incluso maltratar a los demás, tanto física como psicológicamente. El deseo, en todas sus máscaras, termina enfermando al cuerpo y al espíritu.
El ser humano suele quedar atrapado en esa rueda: cuando obtiene lo deseado aparece el miedo a perderlo; cuando lo pierde, surge el sufrimiento. Y muchas veces intenta tapar ese dolor buscando otro deseo que lo sustituya.
He ido descubriendo que el sufrimiento no es una sentencia inevitable, sino una elección. Aprender a no desear no significa negar la vida ni renunciar al placer; significa no depender de las cosas para hallar paz. Es soltar la urgencia de conseguir para sentirme completo.
Hoy practico mirar lo que surge en mí con compasión y gratitud: observar el deseo, reconocerlo y dejarlo ir. En ese espacio aparece el descanso verdadero —no por privación, sino por libertad.

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